EL ESPACIO COMO NARRACIÓN: UNA IMAGEN POÉTICA

| Por Marina González G. |

Marina Gonzalez nos invita a incorporar el espacio como parte de las narraciones para ensanchar aun más las historias alternativas de quienes nos consultan. Propone retomar los espacios y territorios físicos, reales, imaginados, recordados, del entorno y del cuerpo, para encarnar y hacer contacto con nuevas imágenes poéticas que ensanchen las historias, a partir de nombrar la experiencia sensorial del espacio como parte de ellas. Nos invita a vivirnos como multi-espaciadxs, además de multi-historiadxs.

La imagen poética surge en nuestra conciencia desde el corazón; el alma, desde nuestra humanidad.

(Gastón Bachelard, La poética del espacio)

 

Algunos años atrás me encontré con esta frase. Estaba leyendo a Bachelard en busca justo de qué ocurre cuando usamos imágenes para dar significado a momentos de vida que antes no habían sido nombrados. En nuestras prácticas terapéuticas hacemos preguntas con el fin de ensanchar las historias o los relatos de eventos subordinados, o eventos que hablan de nuestras formas preferidas de ser pero que no nos hemos dado a la tarea de re-historiar. Y una forma de lograr esto es mediante imágenes.

Cuando pienso en la imagen poética pienso en escenarios, en representaciones espaciales que hablan de momentos significativos para nosotros porque son los lugares donde suceden las historias preferidas. De ahí surge lo que quiero compartir, para lo que me guio con estas preguntas: ¿Cómo podemos encontrar nuevas narrativas desde las experiencias que tenemos con determinados lugares en nuestras vidas? ¿Cómo hacemos preguntas para desempacar entendimientos, metáforas e historias preferidas acerca de ciertos espacios? ¿Por qué querríamos hacerlo?

Así como somos multi historiados, somos multi espaciados. Y así como una sola historia no puede definir toda la identidad de una persona, negociamos constantemente quiénes estamos siendo en diferentes sitios. Tocamos el espacio que habitamos y el espacio nos toca-transforma y nos conecta con otras historias de identidad. ¿Qué pasaría, entonces, si en nuestras conversaciones terapéuticas trajéramos estos territorios y los historiáramos? Me parece que es una muy buena forma de engrosar nuestras historias preferidas, aunado a que permite discutir futuros posibles de un territorio favorito o ensanchar las identidades nuevas que surgen al resignificar determinados eventos.

Aunque, ¿por qué retomar en la conversación espacios o lugares significativos? Porque entendemos la vida desde nuestros ojos, oídos, labios, manos, alma, espíritu; desde todo el cuerpo. Y porque nuestras historias se construyen con todo ese cuerpo sobre un territorio. El territorio, el espacio, la arquitectura articula la experiencia de estar y fortalece el sentido de quién estoy siendo en el mundo. Entre el espacio y la persona se produce una resonancia y una interacción que rara vez se recupera en nuestros espacios terapéuticos.

Además, con estas historias aflojamos las restricciones en torno a cómo se ha entendido culturalmente nuestra percepción (pues también hay una historia dominante limitando la forma en que percibimos el mundo). Emmánuel Lizcano explica, en Las metáforas que nos piensan, que en la filosofía de la ciencia “visión” es sinónimo de “conocimiento”, una suerte de metáfora: de-mostración, e-viden-cia, teoría, observación… Así, de manera cultural se le da prioridad al sentido de la vista, olvidando que experimentamos las historias con el cuerpo entero. Al explorar estas tramas contribuimos a crear nuevos territorios donde circulen nuestras historias desde una percepción del mundo más completa.

El arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa (1996) cuenta cómo esta falta de conciencia sobre el espacio está basada en la manera occidental de ver el mundo desde lo científico. La vista convierte el mundo en un objeto alejado de nosotros, mientras que los otros sentidos nos encarnan en él:

La visión enfocada nos enfrenta con el mundo mientras la periferia nos envuelve.

Todas las experiencias sensoriales son modos de tocar.

La visión periférica es la que recoge la envolvencia.

La experiencia está moldeada por la hapticidad y por la visión periférica desenfocada.

Todos los sentidos son prolongaciones del sentido del tacto.

Todas las experiencias sensoriales son modos del tocar.

Vemos a través de la piel, en pocas palabras.

La mirada nos ancla en el presente, mientras que la experiencia háptica, táctil

Nos evoca la sensación de un continuo espacio-temporal.

De aquí la importancia de recuperar la forma en que percibimos los espacios en momentos de historias alternativas, de lo que me interesa particularmente reapropiarnos de cómo encarnamos nuestras experiencias en el mundo y utilizar este conocimiento que nos brinda nuestro cuerpo a fin de exponer con descripciones más ricas lo que lugares, espacios y arquitectura en general pueden traer a nuestra vida.

Estos espacios pueden ser detonadores de entendimientos de identidad intencionales, y por ello es clave incluirlos en nuestras conversaciones de re-autoría. Tomar los lugares-experiencias, los espacios en nuestras vidas que aún no tienen narrativas, y explorarlos, puede introducir tramas diferentes que contribuyan a tejer una vida más acorde con lo que se quiere vivir, y así facilitar que esas tramas nuevas que no han sido vistas se ensanchen y tomen fuerza.

Al final, el paisaje de la acción y el de la identidad confluyen o se manifiestan en espacios concretos, efímeros o materiales. Utilicemos nuestra imaginación al describir esos lugares importantes de nuestras historias preferidas, recuperemos el diálogo de las personas con su entorno.

Como diría Fransesc Torralba, la memoria nos permite acceder a hechos que pasaron en algún otro momento, pero la imaginación nos permite acceder a mundos posibles, proyectar en el futuro y entrar en otros horizontes. Sin embargo, ¿cómo hacemos que esos espacios importantes en la vida de las personas se nombren? Ni más ni menos que apelando a la imaginación, convocando la habilidad de búsqueda de significados. Incluyendo en nuestras conversaciones preguntas propicias.

Por ejemplo, cuando la persona ha nombrado algún valor importante en su vida y lo ha relacionado con un lugar efímero o real podríamos preguntar:

¿Por qué ese lugar habla de esto? ¿Cómo sientes que representa ese valor?

Así, comenzamos a escuchar la relación que hay entre el valor y el lugar, y pasamos a la descripción detallada del espacio:

¿Cómo es?, ¿qué luz tiene?, ¿cómo es la sombra? ¿Recuerdas algún olor? ¿Hay alguna temperatura en particular? ¿Qué oías?

¿Me podrías contar cómo fue que lo sentiste? ¿Qué pasaba por tu cuerpo para saber que era EL lugar?

A partir de aquí, podemos re-historiarlo a fin de que la persona recurra a él en su imaginación:

¿Qué crees que te dio ese espacio? ¿Qué sientes cuando visitas ese lugar?

¿Cómo te das cuenta de eso? ¿Y en tu cuerpo? ¿Qué pasa cuando estás en ese espacio? ¿Cómo es que ese espacio contribuye? ¿Cómo ese espacio limita?

Si fueras a cambiar algo ese espacio, ¿qué sería?

¿Qué nos dice eso sobre tus intenciones? ¿Qué crees que ven otros en ese espacio?

¿Qué crees que ves solo tú?

¿Cómo podríamos hacerle para acordarnos de esa sensación cuando estés lejos?

Si nos invitaras a ese espacio, ¿qué te veríamos hacer?1

Al tener esto presente nos apropiamos de estos espacios preferidos. Y estos espacios preferidos nos sirven como escenarios perfectos para nombrar valores, esperanzas, metas, compromisos, sueños, visiones, creencias y un largo etcétera. Además, contribuimos a que, a través de estos nuevos relatos, haya diferentes entendimientos de identidad y a que esté al frente en la conversación lo se valora en la vida.

Por último, esto podría ayudar a enraizar estas historias que algún día fueron subordinadas y que ahora cobran vida a través de relatos y ensanchamiento de las historias preferidas. Al hacer contacto con nuestra nueva imagen poética, al impregnar de sensaciones ese espacio significativo, lo volvemos un recuerdo que nos acerca a experimentar pertenencia. Y al entretejer las conexiones nutrientes de vínculos con personas que nos validan, las historias dejan de ser tan lineales, tan autobiográficas, para convertirse en territorios. Un lugar de familiaridad, un lugar rico en imágenes, metáforas, donde sentimos que estamos en un universo no sólo particular, sino que es más nuestro.


1 Estos son sólo algunos ejemplos de preguntas que podemos hacer, pero no quiere decir que tengamos que preparar lo que preguntaremos con antelación. Mi intención es mostrar cómo es posible desarrollar la conversación a partir de un lugar. Y cómo creo que esto puede generar memorias poderosas que reforzarán nuestros entendimientos sobre quiénes estamos siendo, propongo que estas preguntas en torno al espacio, sean utilizadas para nuevos territorios, para historias alternativas, para historias preferidas, para historias que están todavía muy angostas y queremos que se ensanchen. De ninguna manera las utilizaría para historias dominantes o para entendimientos de identidad asociados con el problema.

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