DIALOGANDO CON MARTHA

De cómo una antropóloga da voz a su experiencia en Prácticas Narrativas

| Por Mireia Viladevall Guasch |

Mireia Viladevall cuenta, con una mirada clara y personal, cómo ha sido para ella el viaje en el que ha ido entretejiendo la antropología con la práctica narrativa, y cómo esto ha enriquecido su mirada del mundo, de su trabajo y de ella misma .

Empezaré por el principio, este se remonta a esos enriquecedores diálogos con Martha. Ella fue quien me introdujo a las prácticas narrativas, en esas tardes de lunes o martes, mientras veía cómo los colibríes jugueteaban con las bugambilias floridas que por encima de la cabeza de Martha ardorbaban la pared colindante de la casa donde nos reuníamos. Ahí empecé a tejer y a descubrir los entrecruzamientos entre la antropología y las prácticas narrativas.

 

Soy una enamorada de mi profesión: la antropología, creo que es una disciplina del saber y del estar que te permite ver el mundo desde una perspectiva de curiosidad y respeto. La antropología, desde mi experiencia no se convierte sólo en una forma de entender el mundo, es una forma de estar y ser en el mundo. Un mundo que como antropóloga entiendes: diverso, conflictivo, injusto, desigual, complejo, y riquísimo en formas y posibilidades.

La antropología es una disciplina que libera porque enseña que hay muchas, variadas y a veces contradictoras maneras de ser y estar en el mundo y que todas son válidas. La antropología no busca tener La Verdad (esa que busca afanosamente el “método científico” de corte positivista que tan empobrecidamente nos enseñan en la escuela y a veces –por desgracia- hasta en la Universidad).

La antropología busca la verdad de cada individux, o grupo social, etnia o cultura, en el entendido de que todas la verdades son validas dentro del contexto y el momento en que se dan. La antropología te permite mirar la realidad, y a las demás personas desde la curiosidad, desde el interés de saber cómo es que piensan, dicen y actúan los diferentes grupos de seres humanos, Nos interesa saber también qué sueñan, qué desean, cuáles son las cosas que valoran.

Desde la antropología miras a las demás personas como expertas de sus propias vidas y realidades, y cuándo logras establecer un diálogo con alguien, todos tus sentidos (el budismo dice que tenemos 6 y en este caso aplican los 6 gusto, tacto, olfato, oído, vista y entendimiento) se abren y permanecen en total atención para evitar que se nos pase algún detalle que nos pueda ayudar a entender -no las palabras que nos cuentan- sino el sentido que les dan, el mensaje sutil y profundo que nos quieren hacer llegar con esas palabras, siempre polisémicas, pero en este caso cargadas con un sentido y un significado impuesto por el informante y el cual tu debes de saber captar.

El reto de la antropología es entender la diversidad desde la propia diversidad, siempre cambiante y transformadora. El reto es hablar y entender la diversidad y hablar de ella sin simplificarla, sin traicionarla, sin volverla línea, unidireccional y unívoca[1]. Y con ese aprendizaje cambiar, transformar, repensar, reinterpretar, resignificar, como lo hizo por ejemplo la antropóloga Margaret Mead con su libro: Adolescencia y Sexo en Samoa, que aún hoy nos hace reflexionar sobre la adolescencia y sobre el lugar de la mujer en nuestra sociedad occidental y en concreto en la estadounidense.

La antropología te enseña que siempre hay algo nuevo que aprender, nuevas formas de ser y estar; y a eso dedicas tus días y tu vida. Aprender para cambiar, para liberarte y apoyar a liberarnos de aquello que no encaja con lo que sientes, crees o piensas. Aprender a respetar y no traicionar las palabras y conocimientos de los demás, sino aprender a honrarlos y a “traducirlos”, para que aquellos que no están en esa realidad, puedan entender lo que se está planteando, desde dónde y con qué sentido. Ese es el trabajo de lxs antropologxs.

 

Para ello, el hábito de la continua reflexión que conlleva el quehacer antropológico es básico-fundamental, no sólo desde la teoría y la filosofía occidental o desde la cosmogonía local, sino desde una ética profesional del respeto y desde la necesidad de honrar. Sobre este punto las prácticas narrativas le llevan la delantera a muchos científicos sociales que siguen hablando de dar voz a los sin voz (como si de seres sin capacidad de crear y comunicarse con lenguajes se tratara, lo que ha provocado una acre discusión entre antropólogos y académicos): En prácticas narrativas se tiene muy claro que el punto es honrar a las personas, a sus actos y palabras.

En esta sociedad en la que vivimos, que promueve personas aisladas metidas en la continua comparación, sometidas al valor competencia y a un paradigma humano inalcanzable y totalmente deshumanizado[2], ver a las demás personas como seres humanxs con saberes y sentires y poder escucharles y tratar de entender lo que nos quieren decir es todo un reto, porque además, como bien nos lo enseña la antropología, ver al otrx signifca VERTE a ti misma, y para eso no estamos preparados.

Por otro lado, entender cómo nos organizamos como sociedad, cómo se establecen las jerarquías sociales en todas sus modalidades y formas (clase, género, grupo etario, etc.) qué efectos tienen en los miembros que conforman el grupo social, así como los discursos y concepciones del mundo que sustentan dichas jerarquías y orden de los mundos, es tarea fundamental para la antropología. Como antropologxs, somos sensibles, por ende, a las diferentes formas en que el poder se manifiesta.

 

Así que cuando empecé a trabajar con Martha, lo que más me llamó la atención es que buscaba entender qué era lo que yo quería y necesitaba. Es decir, partía del principio de que la verdad se construye y no está dada, y que cada persona crea su propia verdad a partir de su propia experiencia y de sus habilidades, y a partir de allí se piensa, habla y actúa, tal y cómo lo hacemos en la antropología. Eso me hizo sentir muy cómoda, escuchada y con la confianza de poder dialogar y señalar cuando no compartiera el significado que Martha le daba a mis palabras. Así, el diálogo que establecímos fue de iguales, donde la experiencia de cada una de nosotras aportaba nuevos puntos de vista y riqueza al diálogo, un diálogo que tenía como objetivo obvio el cambio, el cual era revisado y evaluado contínuamente.

 

En el camino de encontrar todo esto que narro, las preguntas y reflexiones de Martha, escuchando y tratando de entender lo que yo le compartía eran muy importantes, pues me permitían reflexionar sobre mis propias palabras, acciones y pensamientos y lo que realmente estaba valorando.

Las preguntas de Martha, basadas en la narrativa, me regresaban contínuamente a mis valores y a las acciones y pensamientos que contradecían lo que yo honro y valoro. Esas preguntas eran el producto de una escucha muy antenta y de una reflexión basada en los sentidos y significados que yo le había compartido. Esta escucha implica un grado de observación tan refinado como el que lxs antropólogoxs desarrollamos en nuestro trabajo y que como hemos visto, es parte fundamental del quehacer de la propia antropología. Con las preguntas narrativas de Martha pude darme cuenta de cómo las discursos dominantes se han colado en mi, controlan mi pensamiento y dirigen mis acciones. Esto fue brutal y al mismo tiempo esclarecedor y liberador.

 

Como mujer dos veces trasterrada, la antropología me permitió entender y valorar mi experiencia y a la vez desarrollar una identidad cata-mex con la cual me siento muy a gusto y donde la angustia de decidir entre mi mexicanidad o catalanidad desaparece. La antropología me ha dado herramientas para liberarme de los estrechos discursos de inclusión o exclusión de grupos sociales y me ha permitido seguir aprendido y reflexionando sobre el mundo en el que vivo y el papel que ocupo.

Por su parte, las prácticas narrativas me ha permitido reflexionar si las acciones que emprendo diariamente contribuyen a poder ser quien quiero ser. Mientras la antropología me enseñó a mirar y reflexionar sobre mi alrededor y los seres humanos con los que comparto espacio y tiempo, las prácticas narrativas me han enseñado a tener un diálogo personal cada vez mas rico; enriquecido. Me han enseñado a observarme y escucharme tal y cómo lo hago con quienes me rodean.

 

Gramsci, el filósofo marxista, en sus escritos señaló que todas las revoluciones (cambios) sociales empiezan en la cabeza, es decir primero se piensan y luego se hacen. Bajo esta lógica afirmaba que si no eres capaz de imaginar la revolución no habrá revolución en la realidad.

 

La antropología me dio las herramientas (teórico-filosóficas) necesarias para poder pensar, imaginar, soñar en cambios. Las prácticas narrativas  (junto con el budismo) me han enseñado que los cambios empiezan en la mente corazón de las personas. Los cambios no sólo se tienen que poder pensar, también se tienen que sentir, desear. Los verdaderos y profundos cambios no siempre se tienen que dar de manera colectiva y con dolor, sangre, muerte. También se dan con pequeños cambios en el pensar, sentir, valorar; en el conciliar el sentimiento, el pensamiento, lo valorado, con las pequeñas acciones cotidianas que emprendemos desde que nos levantamos hasta que nos ponemos la pijama y nos ensobramos en nuestras camas. Allí es dónde se fraguan las pequeñas grandes revoluciones personales y a veces grupales.

 

Mientras la antropología es para mi una manera de estar y vivir en este mundo, las prácticas narrativas se convierten en el cómo hacer posible esta manera de fluir en el mundo, es decir: en los pasos y ritmos, y en la brújula con la cual me aseguro de ir para donde mi mente corazón me indica.


[1] Para tratar de evitar ello, la antropología ha diseñado a lo largo de su historia muchas estrategias, una de las más antiguas y más útiles es distinguir en todo momento cuándo son tus informantes los que están explicando la realidad y cuándo eres tú como antropólogo. Es decir, cómo se cuentan las cosas desde dentro (visión émic) y cuándo las cuentas desde la antropología (visión étic)

[2] Sobre este tema, filósofos como: Foucault, Zigman Bauman, Horkheimer, o Byung-Chul Han entre otros han profundizado con rigor y claridad.

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